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Perdone, un mixto de paciencia y frustación por favor


07 noviembre, 2011 | 19h:40min | 1 comentarios

La orgía del euro y sus posibles soluciones (I)

Llevamos 2 años con la hecatombe de la gestión de la deuda pública de determinados miembros del euro, y un bombardeo de información al respecto. Os propongo un breve escrito (lo publicaré por partes en 3 días consecutivos) para sistematizar todas las posibles alternativas que tenemos para encarar la dramática situación (para unos…), o el cachondeo (para otros…) del euro. La clave está en reconocer que todas las potenciales soluciones tienen adheridos costes, y en asumir que las vías óptimas desembocan en una sola realidad: aumentar la unificación política de Europa. Otro menester es si esa dirección nos satisface, aquí entra la subjetividad de cada ciudadano. Lo evidente es que tras esta crisis, Europa tendrá otra configuración.

Punto de partida: una película aplaudida por los americanos, en la cual la trama se resume en constatar como corren los políticos europeos detrás del goteo sarcástico de los mercados financieros. En mi humilde opinión la sinopsis podría traducirse en una demostración de la impotencia de los Estados.

Hechos: a finales del 2009 el gobierno de Papandreou, recién establecido en el poder, declara la dimensión del verdadero déficit público (15,4% contra el 3,7% previsto). Es decir, que la infraestructura institucional que se ha ido forjando con el paso del tiempo en el club del euro (Pacto de Estabilidad y Crecimiento, en sus dos versiones), es en realidad una careta para la galería. Las contradicciones del diseño del euro empiezan a emerger, empezando por el artículo que plasma que cada Estado es responsable de sus propias deudas, y que por lo tanto se elimina la plausible realidad de socorrer al vecino. ¿Por qué era una contradicción? Pues, por el simple hecho de que la creación de un mercado financiero único (ver el Informe de Lamfalussy, las MIFiD, la última directiva para la liberalización de los servicios…), conlleva inevitablemente una integración bestial de los sistemas financieros de los miembros de la UE, y en especial de la zona euro. Y no podemos concebir dicha integración sin una corresponsabilidad y solidaridad intraeuropea.

Con la crisis, salió a flote la necesidad de encarar dicha contradicción a través del conocido FEEF (que a partir del 2013 mutará en el MEDE), las compras de deuda pública francesa-italiana-española por parte del BCE para aplanar el coste de financiación de los Estados, y discursos políticos variopintos.  Las vías de contagio básicas de la problemática de la deuda pública entre los Estados de la eurozona son el mercado (repuntando los tipos para refinanciar al Estado que demanda fondos) y el sistema bancario (en efecto los balances de los bancos están cargados de deuda pública europea, por lo que una suspensión de pagos de algún Estado o el temor a ello, les induce a recapitalizarse para elevar su colchón de seguridad, es decir su capital básico).

Consecuencia: se ha construido un círculo vicioso muy parecido al de la crisis subprime. La única novedad es que la incertidumbre de la devolución de las deudas es de índole pública ahora (privadas en la crisis subrpime). Si a ello le añadimos lo que en economía se conoce como expectativas autorregresivas (ver modelo de John y Cooper), el cóctel es explosivo. Básicamente la teoría de las expectativas autorregresivas dicta que existen múltiples situaciones de equilibrio en el mercado, porque la economía tiende a situarse donde los agentes creen o temen que estará.

Solución 1: Eliminar total o parcialmente las deudas.

La dinámica del crédito se fundamenta en la creencia de que el prestamista confía en que el prestatario le devolverá la cuantía acordada de ante mano. Para fortalecer ese contrato la gran mayoría de las sociedades han edificado una serie de cauces para incentivar a que el deudor se esfuerce en el pago de sus compromisos, pero la normativa también suele considerar aquellos casos en los cuales carece de sentido asfixiar al prestatario ya que carece de capacidad de amortización, por lo que se desplaza el protagonismo a un entendimiento de las partes (reestructuración de la deuda, ya sea tocando el tipo de interés, el vencimiento, el facial, o la estructura de pagos). Un problema vidrioso que aflora en este terreno es el célebre riesgo moral, lo que nos evidencia que la economía no es otra cosa que un sistema de incentivos. Ahora bien, es preciso reconocer que los Estados son un tipo muy especial de deudores, ya que a diferencia de las familias y las empresas que se enfrentan a rentas inciertas, los Estados tienen la capacidad de aumentar sus recursos (acribillando con impuestos a la sociedad civil, exigiendo que se paguen antes las deudas frente al ente público antes que entre el sector privado, etc). Centrándolo en Grecia, hay una problemática a responder: ¿Por qué deberían pagar el resto de Estados de la zona euro si Grecia no pagase parte de su endeudamiento?

Solución 2: Invitar a Grecia a salir del euro.

Este argumento lo apoyan economistas de cierto prestigio (entre los que se encuentra Nouriel Roubini), subrayando que Grecia no sólo carece de capacidad de amortizar la deuda contraída, sino que también escasea del grado de competitividad suficiente para nadar en el marco del euro. La solución parece muy asequible a primera vista, pero debemos ser conscientes de que el cambio de la unidad monetaria de un sistema económico toma mucho tiempo (hay que decidirlo en el parlamento, hay que adaptar todos los teclados y cajas, imprimir la cantidad de dinero suficiente…). Mientras transcurre todo ese lapso temporal, un comportamiento lógico de los ciudadanos griegos sería traspasar sus ahorros a otra divisa, acentuando el desplome del nuevo dracma. Paralelamente las deudas del Estado griego estarían nominadas en euros mientras que su generación de recursos se contabilizarían en el nuevo dracma (que iría perdiendo valor). Vamos, que el descalabro sería impresionante, con las consecuencias sociales que ello implica (recordemos que el movimiento de Hitler surgió en Alemania a raíz del estrangulamiento que le encomendaron el resto de países europeos para el pago de las indemnizaciones de la Primera Guerra Mundial). El simplista argumento de la ganancia de competividad para los productos griegos en virtud de la devaluación, tendría efectos mínimos, que se evaporarían en el medio plazo por el incremento de la inflación. Pero la historia no acaba aquí, ya que el posible contagio al resto de agentes de la economía italiana, española, portuguesa, irlandesa… sería el misil definitivo para el suicidio del euro. Y en mi opinión, no puede haber proyecto europeo sin euro a día de hoy y forward looking.

Solución 3: Nacionalizar los bancos o aumentar la supervisión de la actividad bancaria ex-ante.

Dejemos a un lado la ideología que nos suele caracterizar a los españoles y contemplémoslo objetivamente. ¿No creéis que la moneda (que rige nuestras relaciones comerciales y financieras) y la estabilidad financiera son un bien público? No sería por consiguiente tan anormal reflexionar sobre la posibilidad de que el Estado se hiciera cargo. Pero por desgracia, la propiedad pública no garantizada la gestión eficiente de una actividad, de hecho suele alejarse de dicho ideal. No obstante, esto último no tiene porque oponerse a que el Estado establezca algún amparo institucional que supervise óptimamente la salud y la finalidad del sistema bancario. Es decir que la crisis actual podría servir de momentum para instaurar las reformas necesarias de cara a mejorar la supervisión y gestión de los bancos dentro de nuestra sociedad. Por ejemplo, a través de la presencia de representantes de la Administración (sacando provecho de profesionales como los TCEE), de los clientes, trabajadores del banco y accionistas, en el seno de un órgano que supervise al Consejo de Administración de la entidad financiera en cuestión. Una de sus funciones principales podría ser la evaluación del impacto económico, ecológico y social de la actividad crediticia de la entidad. Esta propuesta no debería ser considerada paternalista, sino más bien justa y prudente ya que tomaría en consideración todas las partes afectadas por la actividad (partiendo pues de la lógica subyacente al modelo de Coase de internalización de las externalidades).

 

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