La orgía del euro y sus posibles soluciones (II)
Solución 4: Que el BCE compre discrecionalmente pero con transparencia títulos de deuda pública.
¿Nunca os habéis preguntado sobre la razón que subyace al hecho de que países como EEUU, Inglaterra o Japón, a diferencia de los miembros de la eurozona, no sufren la conocida angustia cada vez que alguna de las dichosas agencias de calificación crediticia rebaja la calificación? La razón parece ser evidente: nos endeudamos en una moneda que no la controlamos. El contagio por el canal financiero afecta a todos los países en su merecida proporción (según el criterio del mercado), pero los países de la eurozona no tienen la capacidad o el instrumento de ajuste de monetización de la deuda para hacer frente a determinados shocks. Si incluimos el vocablo de las expectativas autorregresivas mencionado en el pasado artículo, podemos intuir la perpetua inestabilidad que ello puede generar. Para hacer frente a esa debilidad es necesario implementar lo que los economistas llaman un prestador de última instancia (lender of last resort). El BCE cumple en líneas generales esa función el seno del Eurosistema y con los bancos de los países de la eurozona. Pero resulta un tanto ilusorio, que dicha función puede ser colmada sin ejercer paralelamente el BCE de socorrista con el coste de fondeo de los Estados con el euro. Ésta tesis es impracticable en la actualidad por el amparo jurídico y ideológico que monopoliza al BCE, ya que vulneraría su supuesta independencia. Pero es necesario que exijamos una cierta moderación al respecto, ya que el BCE tendría que servir de agente para calmar las debilidades temporales que puedan experimentar el fondeo de un Estado, es decir acudir en su ayuda cuando se dan crisis de liquidez. Por el contrario, una crisis de solvencia exigiría reunir a los agentes interesados para que negociaran un equilibrio de intereses y posibilidades. El permitir al BCE de actuar ante presiones de liquidez podría conllevar no obstante una menor seriedad en la gestión de las cuentas públicas de los dirigentes de la eurozona. Para mitigar dicho incentivo se tendrían que elaborar mecanismos de control a priori en la elaboración de los presupuestos generales estatales, es decir mayor unión política (el Semestre Europeo está encaminado a ello). Este fondeo temporal se pretende acometer a través del FEEF, craso error a mi juicio ya que el FEEF es un sustituto imperfecto del BCE (no podría hacer frente a problemas de un país de mayor escala como España, el supuesto de ampliar sus recursos exige cumplir un proceso político lento…).
Solución 5: Prohibir la posibilidad de incurrir en déficit público, es decir institucionalizar la regla de oro.
Como todos sabemos nuestros ilustres políticos de partidos mayoritarios han convenido en retocar el art.135 CE para plasmar en la carta magna que nuestro déficit primario cíclicamente ajustado deberá alcanzar como máximo un 0,4% PIM a partir del 2020. En mi opinión una imprudencia. Nos quitan como instrumento de ajuste a los shocks la política monetaria y cambiaria relegándola al BCE y al Consejo de Ministros respectivamente… y ahora la política fiscal nos la limitan. ¿Qué nos queda? Pues creer en que la economía real y financiera, de una vez por todas se ajuste en precios y cantidades en poco tiempo y que exista una movilidad bestial de todos los factores productivos. Es decir, que se cumpla la economía utópica de los neoclásicos, y por consiguiente menospreciar la existencia de fallos de mercados en la praxis. Además una cuestión clave es que la letra de la ley no tiene porque reflejar lo que ocurre en la realidad (os propongo el sano ejercicio de indagar en alguna Constitución de cualquier país del África subsahariana, una copia de la carta magna francesa e italiana…). Pero el argumento de la regla de oro tiene mucho juego para sus críticos: se centra en los déficits públicos y el volumen de deuda pública exclusivamente, desperdiciando la atención del endeudamiento privado. Por si nadie se había dado cuenta, el actual endeudamiento público viene en gran parte motivado por socorrer el apalancamiento privado.
Solución 6: Recurrir a los eurobonos.
Ello supondría constituir un organismo paneuropeo que centralizase la gestión de todas las deudas públicas, existiendo una clara solidaridad intraeuropea. Es preciso subrayar que un requisito necesario para lograr lo anterior es que exista un verdadero control mutuo de las cuentas públicas en la eurozona, de nuevo volvemos a más unidad política. Esta idea podría materializarse a través de la creación de una institución que captase fondos del mercado para todos los países de la eurozona y que posteriormente los prestase a los Estados miembros a un tipo de interés distinto. Un fruto evidente de la medida sería que los spreads o horquillas no llegarían alcanzar las que nos ofrecen actualmente el mercado, y por lo tanto reduciría la posibilidad de crisis de liquidez.

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